Algunos textos sobre Velintonia...

A lo largo de estos años muchos intelectuales han escrito sobre la importancia de Velintonia 3 en la historia cultural de nuestro país. Hemos escogido algunos de estos textos a modo de muestrario. La literatura sobre la casa de Vicente Aleixandre es mucho más amplia:

 

FERNANDO ARAMBURU
«En recuerdo de Vicente Aleixandre
»
Diario ABC
(28-10-2016)

Estuve a punto de conocer a Vicente Aleixandre en 1978 a la manera como tantos otros jóvenes escritores españoles lo habían conocido con anterioridad, presentándome en su domicilio de Velintonia 3. Tras numerosas peripecias, a dedo, logré llegar a Madrid desde San Sebastián. Llevaba conmigo la dirección de tres poetas afincados en la ciudad. La de Aleixandre era una de ellas.

El primero, Francisco Brines, no estaba en casa. Lo pregonaba su buzón en el portal, atestado de correo y prospectos. Se lo conté a él recientemente, durante la pasada Feria del Libro de Valladolid, donde coincidimos. Pude de este modo despejar una duda. Ahora sé que aquel viaje mío de estudiante debió de transcurrir durante el verano del año referido, pues por dicha época Brines acostumbraba pasar las vacaciones en su pueblo de la costa levantina.

El segundo poeta de la lista sí me recibió. Era Rafael Morales, en cuya casa me presenté por las buenas. Morales, grande, generoso, me sacó aceitunas y queso manchego, y me dijo que Aleixandre (al que él, con confianza de amigo, llamaba Vicente) padecía graves problemas de visión y no podía, por tanto, recibirme. Al parecer, la concesión del premio Nobel meses atrás había supuesto un menoscabo considerable de su privacidad. Llegué, no hay duda, en mal momento. Aleixandre estaba ya muy mayor. No hubo lugar a un nuevo intento de conocerlo en persona.

De haber sido posible, me habría gustado decirle al poeta lo que voy a expresar ahora en este escrito. Yo me crié en un hogar sin libros. Calma, no es mi propósito abandonarme al lloriqueo. Considerado el asunto desde la perspectiva actual, puede que fuera mejor así. Por fortuna, en la casa familiar no faltó nunca afecto ni una predisposición positiva hacia la cultura. De ahí que donde otros ponen el rencor de clase social yo no pueda por menos de sentir agradecimiento.

Algunos veranos trabajaba de temporero a fin de ganar unas pesetas con que ayudar a mis padres (él, operario fabril; ella, ama de casa) en la financiación de mis estudios. En 1977, año del premio Nobel de Aleixandre, estuve trabajando ocho horas diarias en una cervecería del barrio de El Antiguo, en mi ciudad natal. Los sábados por la mañana me entregaban un sobre con 5.800 pesetas. Mi sueldo que no compensaba ni de lejos el esfuerzo. El pico de aquella suma lo apartaba para libros. Con uno de dichos picos adquirí las obras hasta entonces completas de Vicente Aleixandre, en la edición de pastas verdes de Aguilar.

Y me di a leerlas con la fruición del joven para quien por primera vez en su vida la experiencia poética coincidía con el deslumbramiento por la palabra en su excelencia más alta. De noche, fumando un cigarrillo tras otro, a la luz de una bombilla azulada, pasaba las páginas de papel biblia. Leía cada poema tres veces consecutivas. La primera para tomarle la temperatura a la expresión poética; la segunda, para entender; la tercera, por puro goce. Y así, poema a poema de los libros a mi juicio mayores de Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor, Mundo a solas, Sombra del paraíso, Nacimiento último), hasta que fuera, en la calle, comenzaba a clarear y yo oía a mi padre levantarse a las cinco de la mañana para acudir a su trabajo.

Aquella manera que tenía el poeta de decir las cosas envueltas en una rica imaginería, su vocabulario selecto, las voces rítmicas y sonoras, y los versículos intensos no guardaban similitud alguna con los hábitos lingüísticos míos y de cuantos me rodeaban. Ningún familiar, ningún vecino, ni tan siquiera mis profesores de la universidad, se expresaban con la belleza y elegancia de los versos de Aleixandre, cuya modulación del lenguaje me resultaba por completo novedosa, como recién inventada por el escritor, con una complejidad de matices que nunca antes me había sido dado advertir en ningún sitio.

Yo experimentaba una aguda sensación de libertad en contacto con la lengua alta. Con ella aprendía al tiempo que me transformaba, viendo por delante un horizonte de conocimiento y de sensaciones nuevas que yo deseaba alcanzar a toda costa. Justo lo contrario de lo que me ofrecía la literatura presuntamente social, cultivada a menudo por hombres de clase acomodada, los cuales remedaban nuestros limitados hábitos lingüísticos, distintos de los suyos diarios, y nos contaban sin apenas relieve literario lo que conocíamos de sobra, conformándose con tutelar nuestras conciencias, incluso sembrando en ellas, para sus fines partidistas, la semilla del resentimiento.

Alguna vez, de paso por Madrid, he estado tentado de visitar la casa que habitó Vicente Aleixandre, en la calle que ahora, por inspiración municipal, lleva su nombre. Buscar una cercanía póstuma con los hombres cuyas obras nos ayudaron a adquirir la condición de seres cultivados es un hábito muy extendido en mi país de residencia. Me viene a la memoria la casa de madera de Arno Schmidt, en el pueblecito de Bargfeld, conservada tal como era en tiempos del escritor. Recuerdo asimismo la célebre casa de los Buddenbrooks y la de Günter Grass, ambas abiertas al público, en Lübeck, convertidas en museo y centro de actividades culturales. No son las únicas.

Tengo entendido que la de Vicente Aleixandre no se puede visitar. Al parecer se halla en estado de ruina y abandono. Me habría gustado respirar durante unos minutos el aire de la habitación donde el poeta escribía, y ver su mesa, su pluma estilográfica, el posible cuadro o fotografía que, en un descanso de la escritura, él acaso miraba al levantar la vista. No estaba previsto en el guion de mi vida que yo conociese en persona a Vicente Aleixandre. Le habría estrechado la mano. Le habría dado las gracias por contribuir con sus poemas a que yo no hubiera tenido que levantarme todos los días a las cinco de la mañana para ir a trabajar de obrero a una fábrica, como mi padre.

FRANCISCO ROBLES
«Las palabras del poeta»
Diario ABC -Córdoba
(16/12/2014)

El aniversario de Vicente Aleixandre ha pasado sin la pena ni la gloria que deberían provocar los grandes artistas en este país que desprecia cuanto ignora

«DESPUÉS de las palabras muertas, / de las aún no pronunciadas o dichas, / ¿qué esperas? Unas hojas volantes, / más papeles dispersos. ¿Quién sabe? Unas palabras / deshechas, como el eco o la luz que muere allá en gran noche». Hoy se cumplen treinta años y un día, como si la muerte pudiera trocearse en cadenas perpetuas que se suceden hasta el abismo sin pretiles de la eternidad. Treinta años sin la voz cálida, sin la poesía cósmica y total de Vicente Aleixandre. Treinta años de aquella noche en la que un joven aprendiz de poeta se quedó dormido junto a un viejo transistor mientras una voz recordaba, en la radio, los versos del hombre que acababa de morir.

«Morir es olvidar unas palabras dichas / en momentos de delicia o de ira, / de éxtasis o de abandono...» El poeta muere del todo cuando nadie recuerda las palabras que nacieron de su enfrentamiento con la muerte. Al final ésa es la clave que sostiene la creación artística. El artista no se resigna a la destrucción que arrasa con el amor, al hueco que se traga la vida como si el desenlace fuera un agujero negro que todo lo devora. El artista quiere ser inmortal, y por eso se arroja al vacío de su obra, como si ésta pudiera salvarlo del humo, del polvo, de la sombra, de la nada.

Vicente Aleixandre fue su obra. Recluido por una enfermedad que lo apartó del mundo cuando aún no había cumplido los treinta años, el abogado se convirtió en lector voraz, y el lector fue dejando que la poesía le marcara los tiempos de su existencia y el ritmo de sus versículos. Su aniversario ha pasado sin la pena ni la gloria que deberían provocar los grandes artistas en este país que desprecia cuanto ignora. Un Nobel envuelto en el silencio que la vieja y la nueva España prodiga a sus mejores hijos. Caricatos y cantamañanas, frikis sin educación y chillones de guardia se disputan el ágora virtual de las televisiones y de las redes sociales mientras un poeta total y cósmico como Aleixandre permanece oculto en el silencio de los anaqueles. Así nos va.

«Las palabras del poeta». El título del primer poema de sus «Poemas de la consumación». La metafísica hecha carne. Los grandes misterios que siguen asombrándonos desde Homero están ahí. Pero la masa no los lee. Ni siquiera los desprecia. Pura ignorancia hueca. Han pasado treinta años y la poesía ha salido de la enseñanza por la puerta trasera. La Literatura con mayúscula brilla por su ausencia en los planes de estudio. Los jóvenes no buscan las claves del amor que convierten sus labios en espadas. El mismo amor que aquel joven sentía en la delicada mano silente de quien sigue sentada a su lado mientras la lluvia cae sobre el vasto dominio de la gran noche. ¿Ha fracasado Aleixandre? No. Rotundamente no. Quien ha fracasado es la España que no se acuerda de sus poetas, aunque todo no está perdido. Y el autor de «Pasión de la tierra» lo sabe. Treinta años después lo ha comprobado. Le basta con la minoría que sigue agradeciéndole esos versos que leímos cuando éramos jóvenes y necesitábamos la voz que nos ayudara a interpretar el mundo. «Las palabras del poeta» no han muerto. «Alguna vez, acaso, resonarán, ¿quién sabe?, / en unos pocos corazones fraternos».

ANTONIO LUCAS
«Aleixandre»
Diario El Mundo
(2013)

En medio de este presente mal peraltado que va dejando el surco de otras dos Españas (una flipada y multitudinaria frente a la matona, trilera y turbia) existen refugios, cobijos, armonías aisladas. Algunas de ellas flotando como un placton casi remoto. En el autobús que me lleva a Santander para un largo viaje a solas por el norte vuelvo a encontrarme con la poesía de Vicente Aleixandre. Es uno de esos premios Nobel que tenemos por ahí traspapelados, un poeta que consumió más de media vida tumbado para poner en pie una escritura de profundidades inesperadas e imágenes perdurables, de fecundaciones irracionales con una luz febril de paraíso.

Los poemas de Aleixandre van armándose en armoniosas espirales alumbrando aquello que pasa de resignarse sólo a lo que se ve, como una natación del amor sobre las aguas mortales, como un mirar la vida sabiendo que arrastra en su fondo calorías mejores. Resulta que hay poetas, poemas, versos, artefactos verbales que permiten entender el tiempo que uno pisa sin necesidad de amarrarse al tiempo únicamente, tan sólo sobrevolándolo y huyendo de un ideal domesticado. Hacía años que no volvía a sus libros (Pasión de la tierra,La destrucción o el amorPoemas de la consumación…) y sigue en ellos la radicalidad, el fondo subversivo, la regulación desatada de quien busca en lo que contempla una verdad más alta. De esas verdades que el hombre no protege ni reclama como suyas, pero que lo son.

Provoca una colisión extraordinaria el leer un puñado de poemas de Vicente Aleixandre y pasar luego al periódico en la parada que hace el bus para mear. Son dos Españas las que están ahí también representadas. Dos mundos contrarios. El de las luminosas landas del idioma y aquel otro donde flotan con todas las sospechas ciertos políticos de cilindrada trilera entrando y saliendo de los juzgados. No por denunciar, sino por estar bajo sospecha. Tropa amarrada al dinero público que deambula por las portadas con soberbia de analfabetos después de repartirse un país domesticado, donde aún rebrilla el caudillismo del corrupto y sus alforjas. No han leído un libro en la puta vida. No saben de Aleixandre. Y se les nota.

A esa gente les da como asco los poetas, los artistas, los periodistas, la cultura. Y nosotros sabemos que «la decadencia añade verdad, pero no halaga». Lo escribió aquel poeta callado que cae de pie en la actualidad porque está vivo. El hombre que deja versos como un recuerdo rotulado de algo aún mejor, aún por venir: «Recordar es obsceno,/ peor: es triste. Pero olvidar es morir». Y es exactamente eso.

ALEJANDRO SANZ
Presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre
«La calle de la poesía»
(2010)

En mayo de 1927, Vicente Aleixandre se trasladaba en compañía de sus padres, Elvira y Cirilo y de su hermana Conchita, a un chalé de dos plantas con jardín, sito en la calle de Wellingtonia, en un antiguo extrarradio de Madrid, al final de la avenida de la Reina Victoria. La nueva casa se hallaba en el parque urbanizado por la Compañía Urbanizadora Metropolitana entre 1920 y 1925 que fundaron los hermanos Otamendi y Juan Carlos Mendoza. Según rezaba la propaganda de la Compañía se propusieron «crear un parque urbanizado con hoteles modestos, rodeados de jardines y huertas, donde la clase media, al terminar sus ocupaciones, gozara del reposo y tranquilidad del hogar». De esta casa hará nuestro joven poeta su residencia definitiva hasta el mismo año de su muerte en 1984. «Al fondo, la azulada masa de la Sierra, casi vaporosa bajo un cielo de luces increíbles. Delante, las largas tierra de la Moncloa, apenas movidas, llanas, todavía precisas hasta el confín», escribe el poeta en uno de los encuentros que dedica a Cernuda cuando visita por vez primera su casa en octubre de 1928. Durante casi toda su vida, exceptuando el periodo de la guerra civil, Velintonia 3 fue la Casa de la Poesía, lugar de encuentro de la mayoría de poetas del 27 y de las generaciones sucesivas. Una casa recordada y cantada por la poesía en lengua española del siglo xx, desde Neruda en su célebre poema «¡Ay, mi ciudad perdida!» de Memorial de Isla Negra, hasta Juan Luis Panero o Pere Gimferrer.

DE WELLINGTONIA A VELINTONIA

En las primeras cartas que escribe Vicente Aleixandre desde su nueva residencia a algunos amigos y compañeros de generación como Gerardo Diego o Jorge Guillén, el poeta utiliza en sus encabezamientos manuscritos la palabra Velingtonia y no Wellingtonia como correspondía al nombre oficial de la calle, quizá para facilitar su lectura y pronunciación. A finales de 1928 escribirá ya en toda su correspondencia Velintonia que, curiosamente, nunca figuró en las placas municipales de la calle. Tanto el término original wellingtonia, como el que castellanizó el propio Aleixandre, se incluyeron por vez primera en el diccionario de la RAE, en 1970, en su decimonovena edición.* Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que la palabra velintonia fuera aceptada —por la insistencia del poeta ante sus compañeros de la Real Academia—** como término español del nombre científico de esta especie de secuoya gigante propia de la Sierra Nevada de California.

Tras la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1977, las autoridades municipales de la capital anunciaron el cambio de nombre de la calle de Wellingtonia por el de Vicente Aleixandre. Al poeta le disgustó que la calle que él había castellanizado y que todos conocían como Velintonia adoptase su nombre. El 24 de mayo de 1978 se inauguró oficialmente la lápida de azulejos que hoy, veinticinco años después de muerte, continúa destrozada, víctima del vandalismo y del olvido. Asistieron al solemne acto municipal el entonces alcalde de Madrid, José Luis Álvarez, y académicos como Alonso Zamora Vicente, Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo, Joaquín Calvo Sotelo, Pedro Laín Entralgo, Eugenio Montes o Luis Rosales. Vicente Aleixandre declaró que aunque se sentía honrado por el reconocimiento municipal hubiera preferido que su nombre se hubiera utilizado para otra calle cualquiera y se limitó a saludar a los asistentes desde la ventana de su casa, quizá también porque aún estaba recuperándose del herpes zóster que a punto estuvo de dejarle ciego. Hoy, esta casa sigue siendo víctima del abandono y del desprecio de las administraciones públicas, pese a que en ella aún vibran los ecos de quienes la vivieron y habitaron, de toda la poesía española más notable y de quien contribuyó magistralmente, como pocos, a dignificarla con su obra.

* Definiciones en los diccionarios de la RAE:
(19.ª ed., Madrid: Espasa-Calpe, 1970.)
velintonia. (De wellingtonia.) f. Especie de secuoya, propia de la Sierra Nevada de California, de hojas escamiformes; pasa por ser el árbol de mayor talla en el mundo.
wellingtonia. (Nombre dado por el botánico inglés Lindley en recuerdo del primer Duque de Wellington, 1769-1852.) f. Nombre científico de la velintonia.

(22.ª ed., Madrid: Espasa-Calpe, 2001.)
velintonia. (De wellingtonia).1. f. Especie de secuoya, propia de la Sierra Nevada de California, en los Estados Unidos de América, de hojas escamiformes. Pasa por ser el árbol de mayor talla en el mundo.
wellingtonia. (Del primer Duque de Wellington, 1769-1852, militar y político británico, a quien John Lindley, botánico compatriota y coetáneo suyo, dedicó este árbol).1. f. velintonia.

** Vicente Aleixandre fue elegido miembro de número de la RAE en la sesión del 30 de junio de 1949. El 22 de enero de 1950 leería su discurso En la vida del poeta: el Amor y la Poesía y pasaría a ocupar el sillón O.

ANTONIO COLINAS
«Salvar Velintonia 3»
La Gaceta de Salamanca

(2009)

Siempre entramos en la festividad de San Juan de la Cruz, el día 14, con la poesía cerca. Este día recibimos en Fontiveros al nuevo juglar, el poeta salmantino José Luis Puerto, una de las voces más decantadas y hondas de la poesía española actual, continuadora de la de nombres cimeros, como Claudio Rodríguez o Valente. Una voz, por otra parte, original, muy de Puerto. Pero el día anterior llegábamos de Madrid, de recordar el abandono de la casa del premio Nobel Vicente Aleixandre, uno de los asuntos más lamentables de la cultura española de los últimos años, en el que ha faltado una absoluta voluntad política por parte de todos, pero también intelectual. Los hechos son tercos y conviene recordarlos.

No existe ningún otro lugar en el mundo en el que la casa de un poeta Premio Nobel haya sido sometida a tal grado de incomprensión; hecho quizá unido al desconocimiento en que ha caído su obra. Mal sintoniza, en verdad, la poesía cosmovisionaria de Aleixandre, su riqueza y fulgor, con las poéticas del simplismo, lo plano y lo hueco. Y volvemos a insistir en el extraordinario valor simbólico que posee la casa. Por ella pasaron no menos de cinco generaciones de poetas, desde la del 27 (con Lorca, Cernuda o Neruda), la del 36 (con Miguel Hernández entre los mejor acogidos), la de la inmediata posguerra (Montale, Quasimodo), la de los 50 (Claudio Rodríguez, Brines), y la de los Novísimos. Este sentido de acogida radicaba en el carácter liberal de Aleixandre, en su fidelidad a la amistad y, sobre todo, como ya señaló en su día Cernuda, en el don que este poeta poseía para resolver problemas, aunar voluntades y activar el diálogo.

Valor simbólico de la casa, ideal para hacer en ella un museo del propio Aleixandre o un centro dedicado a la poesía española de posguerra, que él tanto siguió y apoyó. Como ya he dicho, la voluntad política e institucional falta absolutamente y la amenaza viene de que la casa no sólo puede ser vendida, sino que puede ser derribada, pues (sorprendentemente) estando protegido por ley el hermoso cedro del jardín no lo está el edificio. Quizá el protegerlo sería el primer paso que habría que dar. El segundo que, en tiempos de obras y gastos inconmensurables, no constituiría un problema si Gobierno, Comunidad, Ayuntamiento y herederos se pusieran de acuerdo. Pero este acuerdo no se ha dado nunca.

Así que, bajo la batalladora iniciativa de Alejandro Sanz, se abrió la casa abandonada a un grupo de poetas y músicos para recordar al maestro. No fue un acto contra nadie sino una sencilla toma de conciencia, un recordatorio, una muestra de fidelidad y de afecto hacia una persona, humanísima, que coronó su obra con el reconocimiento universal. Paradójicamente, mientras la casa de la calle Velintonia 3 se abandona, la casa de verano del poeta en Miraflores de la Sierra («Vistalegre») se respeta y enriquece con el esmero que ha puesto en ella su nuevo propietario, el escultor Miguel Rius. Y el Ayuntamiento del pueblo tiene en marcha un Centro de recuerdo para el poeta. Dos grandes y loables ejemplos de cómo se deben hacer las cosas: con voluntad y amor. Simplemente lo que en Velintonia con la placa de la calle aún vergonzosamente machacada!) falta.

JAVIER MARÍAS
«De hacer honor a hacer desdén»
El País Semanal

(2006)

La atracción recíproca entre los políticos y los escritores siempre ha constituido para mí un misterio. Bueno, miento: que los primeros cortejen ocasionalmente a los segundos no resulta tan raro. A veces lo hacen para neutralizarlos (es difícil criticar a alguien que ha estado encantador con uno), otras para ponérselos como condecoraciones (si el autor goza de gran prestigio o le acaban de dar el Nobel, por ejemplo), otras para aparentar que son cultos y que tienen amigos civilizados (y puede darse que sea cierto, pero no a menudo). Lo que es un verdadero enigma es que tantos escritores acudan con presteza a las llamadas de los gobernantes y se crean sus bonitas y huecas palabras. Desde García Márquez y Saramago bailándole el agua a Fidel Castro, hasta el hoy manoseado Günter Grass arrimando el hombro, en su día, a la causa de Willy Brandt, la nómina presente y pasada es tan extensa que antes acabaríamos si mencionáramos sólo a quienes han procurado no mezclarse con dirigentes, ni para halagarlos ni para ser halagados por ellos. Por lo que yo he visto personalmente, en esas aproximaciones suelen primar dos elementos, la vanidad y la ingenuidad, y sólo en tercer lugar el provecho. Muchos escritores han creído con inocencia que podían influir en quienes mandan, sin darse cuenta de que lo que el intelectual le diga al poderoso, casi siempre le entra a éste por un oído y le sale por otro antes de que acabe la conversación entre ambos.

Uno de los autores que, sin ser grosero ni dado al desplante, jamás frecuentó esas altas esferas fue el poeta Vicente Aleixandre, a quien yo traté bastante entre 1971 y su muerte en 1984. Recuerdo que cuando le concedieron el Nobel, en 1977, le dio noventa patadas, si no las cien de la frase, que se presentaran corriendo en su casa algunos prebostes a felicitarlo y a hacerse unas fotos en su compañía insigne (entre ellos, si no me equivoco, el entonces Ministro de Cultura, Pío Cabanillas Gallas). Y quizá le dio muchas menos, pero alguna, la posterior presencia de los Reyes de España en su chaletito de la calle Velintonia. Don Juan Carlos le impuso en aquella visita la Cruz de la Orden de Carlos III, y declaró: «Es hora de hacer honor a nuestros poetas y a nuestros intelectuales». En una entrevista con el galardonado que reprodujo este diario, Aleixandre, al hablar de su casa natal en Sevilla, dijo: «Al parecer, el General Franco pasó al principio de la Guerra por Sevilla, y se quedó en esa casa, propiedad de una señora sevillana. Y hace unos años el Ayuntamiento puso una placa para recordar no el nacimiento mío, sino las breves estancias del General. "Algún día desaparecerá esa lápida", me dicen en broma mis amigos, "y pondrán una que te recuerde a ti"; yo no necesito lápidas, pero cuando paso por allí me fastidia, qué demonios … Después de todo, en esa casa nací yo».

Ignoro si a día de hoy existirá en Sevilla esa placa que le vaticinaban sus bienintencionados amigos, o si seguirá la de Franco, o si convivirán las dos, malamente. Lo que sí sé es que la «hora de hacer honor», según expresó el Rey, ya pasó en Madrid, y ha sido relevada por la de hacer desdén, o casi escarnio; porque la Asociación de Amigos del gran poeta lleva años suplicando que se rescate aquella casa de Velintonia por la que pasamos varias generaciones de escritores y en la que siempre encontramos palabras inteligentes y amables, y sobre todo enseñanzas. Entre 1995 y 2005 esa Asociación hizo más de una peregrinación institucional sin éxito, hasta que el año pasado convocó ante el chaletito una concentración de reivindicación y protesta, que obtuvo algo de eco durante unas semanas. Pero el Ayuntamiento de la capital rechazó en un pleno la iniciativa de adquirir la casa para convertirla en sede de una futura Fundación Vicente Aleixandre y en un centro de estudio de la poesía española del siglo XX. El Partido Popular (con mayoría en el Ayuntamiento) dijo que, si la compra se llevaba a efecto a partes iguales entre la Alcaldía, la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Cultura, se daría vía libre al proyecto. Año y medio después no ha habido noticias de Gallardón, de Esperanza Aguirre ni de Carmen Calvo, a cuyas respectivas instituciones les sale el dinero por las orejas para megabelenes navideños clónicos y demás chorradas. Hace una semana la Asociación planeaba otra concentración, confío en que esta vez sea escuchada.

Aleixandre no sólo fue un extraordinario poeta y nuestro penúltimo Premio Nobel, sino también un hombre discreto y recto, contra el que casi nadie tuvo nada y sí mucho a favor la mayoría. Los políticos de 1977 se volcaron en zalemas, y hasta le cambiaron el nombre a su calle, en contra de su voluntad, para llamarla con el suyo. El Ministro de Cultura y los Reyes se molestaron en visitarlo, porque entonces, sin duda, les reportaba beneficio hacerlo, aparte de que sus sentimientos de admiración y respeto fueran sinceros, es lo más probable. Pero Aleixandre lleva muerto veintidós años y, a diferencia de su amigo Lorca, no dejó parientes celosos de su memoria ni combativos. Hoy ningún político tiene nada tangible que rascar en Velintonia, y así dejan que se pudra o se venda a particulares. Mientras esa inolvidable casa no se salve para la literatura, que el señor Gallardón y las señoras Aguirre y Calvo no se atrevan a pronunciar una palabra en favor de la cultura, porque será falsa, indefectiblemente, y no creída.

FERNANDO DELGADO
(2005)

[...] Velintonia, gracias a la casa de Aleixandre, que fue una verdadera casa de la poesía y de los poetas, es el nombre de un lugar, de un espacio de la poesía en el que fueron acogidas varias generaciones de poetas, como muy bien ha recordado aquí Molina Foix. Allí se encontraron Lorca y Cernuda, en sus jardines saltaba como un chiquillo Miguel Hernández; ladraba Sirio, el perro del poeta (tuvo varios con el mismo nombre); con gran olfato para los versos, según Claudio Rodríguez, ladraba a los malos poetas. No a la buena gente de la poesía: José Hierro, Carlos Bousoño, Leopoldo de Luis o el incondicional José Luis Cano, siempre junto a Aleixandre. O Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, el ya citado Molina Foix, Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas o Marcos Ricardo Barnatán, por poner sólo algunos nombres, entre los que no puede faltar el de su incondicional Dámaso Alonso.

MARCOS R. BARNATÁN
«Salvar Velintonia»
Diario El Mundo
(2005)

Si hay una palabra que concentre el espíritu de aquella casa es la palabra cordialidad. El amigo nuevo o el amigo veterano sentían esa ola cordial. Y también se contagiaban del entusiasmo que Aleixandre ponía en todas las cosas que le importaban. Recuerdo que mis visitas acababan siempre con una sensación de reconfortante aliento, animado por su ejemplo de poeta grande. Encima del sofá, había un paisaje de un pintor de su tiempo, Eduardo Vicente, y cerca de los ventanales que daban al jardín de atrás, donde merodeaba siempre un perro llamado Sirio, colgaba un alegre móvil de Calder. Mi mirada de incipiente crítico de arte no podía dejar pasar la presencia de un colorido dibujo de Miró, compañero ideal de Calder, del que Aleixandre se enorgullecía.

PERE GIMFERRER
Discurso de ingreso en la RAE
(1985)

[...] para bien de todos, espero y deseo que la casa de Vicente se mantenga siempre, como en vida del poeta y como ahora mismo, a título de perpetuado monumento incólume a un gran escritor y a su generación, del mismo modo que el carmen granadino de Manuel de Falla, para instrucción, ejemplo y goce de las generaciones futuras. Hago, por si algún día llegase a ser necesario, público llamamiento desde aquí en tal sentido a todos los amigos de Vicente y de la literatura y a las instancias públicas y privadas pertinentes para que así sea: es una responsabilidad que hemos contraído, es algo que a nosotros mismos nos debemos.

VICENTE ALEIXANDRE
Declaraciones a El País
(1984)

En esta casa, desde la que le hablo a Ud., vivo yo desde el año 1927. Siempre digo, como un recuerdo querido, que a esta casa vine siendo un poeta inédito. Después, en ella, he ido haciendo las cosas de mi vida a través de los sucesivos años.
Esta casa tiene un pequeño jardincito, donde yo por las mañanas, con un pequeño capote que tengo para esto, paseo por el jardín y leo un largo rato. Entonces aprovecho y cuido un cedro, no digamos pequeño, porque es muy grande hoy día. Pero yo lo planté hace ya 30 años, y este cedro es un arbolito que era de 30 centímetros cuando yo lo planté y hoy tiene una cantidad de metros inmensa. Lo tenemos que podar constantemente porque, si no, se come y derriba la casa.

FRANCISCO BRINES
Diario El País
(1984)

En aquella casa, el importante no era él, sino el que llegaba a él. Le interesaba la vida concreta que tenía ante sí, hasta en las íntimas menudencias. Ninguna plaza tan ancha y aireada como aquel pequeño y descuidado jardín, ninguna calle Mayor más concurrida de esperiencias ajenas que aquella sala en penumbra. [...] Posiblemente, bastantes de aquellos jóvenes que se acercaron, con remota emoción, a esta casa grande de la poesía dejaron abandonado en el largo camino el sueño creador de las palabras, pues acaso no fue lo firme que debiera la vocación o los resultados demasiado escasos.

Mas es seguro que hoy habrán vuelto, desde cualquier lugar de España, al recuerdo de ella, acogedora como entonces, y habrán recobrado la hermosa juventud y un poco de pureza. La casa ya está definitivamente cerrada, y conclusa tanta bondad como aquella vida contenía.

ANTONIO COLINAS
"Velintonia, 3"
Diario El País (1977)

Pasará este día oscuro y húmedo que pesa sobre los chopos y los abetos del Parque Metropolitano; este día en el que las moles de Navacerrada -más allá Miraflores, el puerto de la Morcuera y el delicioso valle del Lozoya-, se borran y se confunden con la distancia y la lluvia. Pasará también este rumor nuestro de colmena, entre todos producido -el reconocimiento noticiable y, en consecuencia, perecedero- y la calle, y la casa con su jardín, volverán a hablarnos, con naturalidad, de lo que fueron, de lo que vieron.Se van las gentes, con la noticia hecha ya historia, y pasa el mediodía, y la tarde, y llega una noche despejada, fría y azul, sobre las luces y los pinares de la Moncloa. Y el recuerdo y las sombras del pasado desbordan el presente. Hay un dintel que vio pasar a Lorca y un espacio que supo de sus risas llenas de vida; un espacio que lo vio pasar, por última vez, un día de 1936, camino de la luz de Granada: una luz hermosa salpicada de sangre. Y había quedado la casa, tras su partida, turbada por una lectura de versos aún impublicados: los Sonetos del amor oscuro, un poemario amoroso de un tenso y desbordado contenido.

Hecho de tierra
Pasó la tarde, y el recuerdo busca los árboles a los que trepaba Miguel Hernández, los árboles con los que se coronaba el poeta hecho de tierra, de vegetales. También la casa supo de una última despedida, pero nada sabe ya de aquella primera carta perdida, simple como una nube o como un surco, que firmaba un pastor de Orihuela. Y llega, grande y pesarosa, la sombra de Pablo, de Pablo Neruda, desde Cuatro Caminos, a la hora de cerrarse la corola nocturna. Y me llega un recuerdo casi reciente, último, en el que los nombres de Neruda, Aleixandre y Velintonia están unidos. Fue en Milán, en marzo del 72. Entre otros muchos recuerdos del Madrid de entonces surgieron las preguntas de Neruda: ¿Cómo sigue Aleixandre? Aún vive en Velintonia, ¿no? También salía unos meses después hacia Chile. Y también él, en Chile, encontraba la luz salpicada de sangre.
Vuelven especialmente con fuerza, en la noche llena de noticias frescas, los desaparecidos que escribieron, ante todo y sobre todo, guiados por la poderosa razón de una vocación iluminada, y que son copartícipes del reconocimiento de hoy: Pedro Salinas, que encontrara en Sevilla la armonía de sus versos y de su persona; Luis Cernuda, silencioso, enlutado, frio, que también llegó a la calle de Velintonia un día de 1928 y que recorría las cosas con sus ojos negros sin mirarlas; Altolaguirre, siempre cargado de versos manuscritos e impresos, cuidadosamente impresos, y Emilio Prados, que no sé, en este momento, si pasó por Velintonia, pero siendo, como eran, Málaga y él una misma cosa, no se puede decir que Málaga no estuviera siempre presente en aquella calle.

Compañeros vivos

Pasan, para quedar, después de la noticia, las sombras de los que se fueron. Y pasaron y pasan los compañeros vivos de aquel tiempo de ejemplos y de estímulos en el que, sin falsas retóricas, se puede afirmar que el nombre de España iba fuertemente unido al del arte. Y pasarán, todavía, tres promociones más de poetas. Cincuenta años de poesía han acogido las paredes de esta casa de Velintonia, 3. Y, en esencia, ha sido toda la poesía de este tiempo: la de los grandes nombres, y la de los pequeños nombres, e incluso la de los nombres desconocidos. Desde siempre, la casa, atenta sólo a la verdad y a la generosidad, no cerró nunca sus puertas. Y el retrato melancólico que Vicente Aleixandre nos ha dejado de su Poeta desconocido representa el caso emocionado y extremo de una vida dedicada a la poesía y a la amistad. Aquel retrato de un soldado al que el uniforme le quedaba desmesuradamente grande, del que nada hemos vuelto a saber y que acaso hoy, oculto en algún rincón de España, ni siquiera ha tenido conocimiento de la noticia en torno al nuevo Nobel.

Pablo Neruda
«¡Ay! mi ciudad perdida»
Memorial de Isla Negra

Me gustaba Madrid y ya no puedo / verlo, no más, ya nunca más, amarga / es la desesperada certidumbre / como de haberse muerto uno también al tiempo / que morían los míos, como si se me hubiera / ido a la tumba la mitad del alma, / y allí yaciere entre llanuras secas, / prisiones y presidios, / aquel tiempo anterior cuando aún no tenía / sangre la flor, coágulos la luna. / Me gustaba Madrid por arrabales, / por calles que caían a Castilla [...] / mientras enderezaba mi vaga dirección / hacia Cuatro Caminos, al número 3 / de la calle Wellingtonia / en donde me esperaba / bajo dos ojos con chispas azules / la sonrisa que nunca he vuelto a ver / en el rostro / -plenilunio rosado- / de Vicente Aleixandre / que dejé allí a vivir con sus ausentes.

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